Léon Chertok & Isabelle Stengers, La hipnosis. Herida narcisista.

Isabelle Stengers es bien conocida por haber colaborado con Ilya Prigogine en el estudio de la termodinámica de los procesos irreversibles. Posteriormente, ella ha devenido una notable filósofa de la ciencia, la más importante, a nuestro juicio, en el ámbito de lo que se sigue llamando de manera paradójica “filosofía continental”. Su principal característica es la combinación de una alta rigurosidad en el conocimiento de las ciencias junto a una tendencia claramente heterodoxa. Aunque tal vez el término de heterodoxia no sea muy adecuado; lo que le interesa no es tanto defender las teorías que quedan fuera en el combate que siempre ha definido la historia de la ciencia, sino más bien atacar la versión retrospectiva que se suele ofrecer, desde el punto de vista de las teorías triunfadoras, de esta historia. En esta versión escrita por los vencedores, ellos aparecen como el único modelo de racionalidad posible, y los hechos molestos para este relato, así como las teorías que han sido vencidas, son eliminados de la historia. En consecuencia, Stengers siempre ha mostrado interés por disciplinas y fenómenos que ponen en cuestión las ambiciones totalizadoras de los relatos dominantes, esto es, la pretensión de narrar la historia de la ciencia como un progreso necesario y unitario posibilitado por el poder de la razón. Así, ella se ha interesado por cuestiones y disciplinas polémicas tales como la etnopsiquiatría (en colaboración con Tobie Nathan), las drogas (junto a Olivier Ralet), la hipnosis (junto a Leon Chertok) o el neo-paganismo.

Aquí ofrecemos la traducción al castellano del primer volumen publicado por la casa editorial Les empêcheurs de penser en rond (algo así como “Los que impiden pensar en redondo” o “Los aguafiestas de pensar en redondo”), dirigida por el activista anti-capitalista Philippe Pignarre (con quien también ha colaborado Stengers en temas políticos), y en la cual Stengers ha publicado buena parte de su obra. El libro en cuestión, fruto de una conferencia ofrecida en 1989 por Stengers junto a Léon Chertok, es L’hypnose. Blessure narcissique (La hipnosis. Herida narcisista). En él, los autores, como se podrá comprobar, realizan un análisis y una crítica de la fundación del psicoanálisis como una supuesta superación de la técnica hipnótica.

Dejamos al lector que juzgue el contenido de la obra. Únicamente nos gustaría contextualizarla desde un punto de vista actual, más de dos décadas después de su publicación. La disciplina del psicoanálisis sufre actualmente un descrédito desde el punto de vista tanto de las ciencias experimentales, las cuales pretenden definir de manera jerárquica el camino único y exclusivo de lo que es ciencia, como desde el interior de la propia psicología, dominada por el servilismo ante dichas ciencias, lo cual la determina a privilegiar la búsqueda de una vía experimental. Este es un problema general de las ciencias llamadas humanas o sociales, las cuales no han sabido despojarse de un sentimiento de inferioridad que las ha llevado a imitar lo que no son y les ha impedido buscar un modo propio de ser.

Todo esto deja en una mala situación al psicoanálisis. Pseudociencia para unos, mala psicología para otros, su realidad es actualmente incierta, más allá del prestigio que sigue gozando en ciertos países y en algunos departamentos de filosofía. Podríamos esperar que la hereje Stengers, defensora de una pluralidad cosmopolítica de prácticas y contraria a toda denuncia realizada en nombre de una racionalidad única, se acercara al psicoanálisis para realizar una defensa de él. Sin embargo, aquí encontraréis todo lo contrario: un ataque a la pretensión, presente en la creación del psicoanálisis por Freud, de ser una técnica racional claramente diferenciada de la hipnosis que permitiría hacer confluir, y alcanzar de manera simultánea, el descubrimiento de la verdad y la cura de las patologías psíquicas. Se trata, en efecto, de una fuerte crítica al psicoanálisis, pero no porque adolezca de un déficit de racionalidad, sino por haber aspirado a constituirse como un modo de racionalidad a todas luces inalcanzable. No es la crítica que se esperarían aquellos que, hoy en día, desprecian el psicoanálisis y toda otra práctica en nombre de la “razón” y del “conocimiento científico”. Son las pretensiones de estos últimos de erigirse en jueces que determinan las prácticas que son válidas y las que han de ser desechadas, de imponer un punto de vista único acerca de cuáles son los fenómenos que pueden ser tenidos en cuenta, las que ante todo son rechazadas. Pues no hay mayor enemigo para el interés y la curiosidad que el sentimiento de superioridad, y sin curiosidad, sin experimentación y riesgo, no hay ciencia ni conocimiento posible. Duele ver que, en muchos casos, se pretende asentar la identidad de la ciencia en el descrédito y la burla de todo lo que queda fuera de ella, es decir, de lo que todavía no se ha logrado explicar y tal vez nunca se logre hacerlo. Sin duda, los que toman esta postura no se merecen el nombre de científicos.

Léon Chertok & Isabelle Stengers, L’hypnose. Blessure narcissique, Le Plessis-Robinson: Les empêcheurs de penser en rond, 1999 [1ª ed. 1990] [traducción al castellano no autorizada. En caso de hacer uso de ella, se ruega hacerlo, dado que no está autorizada, con prudencia, y en cualquier caso, claro está, con un fin no-comercial].

Instituto psiquiátrico La Rochefoucault de París, director J. de Verbizier.

Conferencia leída el 5 de Octubre de 1989 en el Instituto de Filosofía de la Academia de las Ciencias de Moscú, director V. S. Stiopine, en el marco del acuerdo de cooperación en Ciencias sociales entre la Academia de las Ciencias de la URSS y la Fundación Maison des Sciences de l’Homme.

¿Cúal es el estatuto del hecho hipnótico hoy en día? Nosotros mostramos en qué sentido este hecho es molesto, tanto para la teoría psicoanalítica, como para la psicología experimental, y cómo nos lleva a reflexionar sobre los límites de los modelos de cientificidad de los que disponemos actualmente. Mostramos en particular que la ambición de Freud, en el momento en que excluye la hipnosis y funda el psicoanálisis, ha sido la de crear las condiciones que aseguran la posibilidad de un acercamiento experimental-terapéutico del psiquismo humano. El fracaso de esta tentativa ha sido reconocido por Freud en 1937, pero Sandor Ferenczi ya había extraído las consecuencias, y había vuelto sobre la ruptura psicoanálisis/hipnosis (también comentamos la toma de posición contemporánea al respecto del psicoanalista F. Roustang). Un tal fracaso traduce el hecho, doloroso para el narcisismo humano, de que la posibilidad de la experimentación no es un “derecho” de la razón humana, sino un evento, el descubrimiento de una posibilidad de purificar y aislar un fenómeno. Es este mismo problema el que encuentran los acercamientos experimentales contemporáneos de la hipnosis. La singularidad de la hipnosis consiste entonces en que se trata menos de un hecho “en espera de teoría” que de un hecho que pone en cuestión la posición de “juicio sobre la realidad” que una teoría trata de instituir.

Dos encuentros

En 1949, uno de los autores de este texto, Leon Chertok, entonces en el inicio de su carrera de psiquiatría, encontraba a una paciente que iba a transformar su vida: Madeleine, una mujer de treinta y cuatro años, casada, que creía estar soltera y tener veinte dos años. Doce años de su vida estaban simplemente borrados de su memoria. Tras dos entrevistas, el psiquiatra debutante prueba una experiencia. En Viena, había visto a uno de sus profesores utilizar la técnica hipnótica. Él le pide a Madeleine que se estire, que se relaje, que mire fijamente dos de sus dedos… Bajo hipnosis, Madeleine recuerda sus años perdidos, y conserva este recuerdo tras su despertar.

Que la hipnosis pueda, entre otras cosas, hacer desaparecer una amnesia, eso se sabe. Pero sabemos muchas otras cosas de las que no tenemos ninguna explicación. A veces, la experiencia misma puede ser, sino olvidada, al menos rechazada: muchos de aquellos, entre los psicoanalistas principalmente, que han experimentado el extraño poder de la hipnosis, se han apartado de ella como de un posible inquietante, irracional, incluso vergonzoso, que es preferible evitar. En este caso el encuentro con Madeleine no tuvo este efecto. Ha sido un germen que se ha desarrollado progresivamente en perplejidad, y después, a continuación, en asombro escandalizado al mostrarse que el enigma de la hipnosis no sólo no interesaba a los psicoanalistas, sino incluso que el conjunto de la teoría psicoanalítica, lejos de explicar este enigma, parecía permitir a los psicoanalistas protegerse contra él.

Siempre es asombroso, para aquellos que no se dedican a la epistemología, el descubrir que las teorías no son neutras, que ellas mantienen con los “hechos” una relación altamente selectiva. Kant ha escrito que es tarea del científico presentarse ante la naturaleza como un juez que decide las cuestiones que él planteará y no como un alumno que debe aprender qué cuestiones plantear[1]. Pero la mayor parte de los que se dejan guiar por una teoría para determinar “las buenas cuestiones” no saben que ellos se comportan como jueces. En The Structure of Scientific Revolutions[2], Thomas Kuhn ha mostrado acertadamente que ellos han aprendido a “ver” lo que interrogan como algo que debe responder a las cuestiones que ellos plantean, conformarse al modelo, al paradigma que les ha sido transmitido bajo el modo de la evidencia. Esa es la razón por la que el encuentro con un hecho brutal, ininteligible, es una experiencia peligrosa, la cual pone en peligro tanto la seguridad intelectual como el estatuto profesional del investigador.

En 1984, la segunda autora de este texto, Isabelle Stengers, recibe una invitación inesperada: ¿no aceptaría ella interesarse en la hipnosis? Ella duda mucho. Ignora prácticamente todo sobre la hipnosis, salvo que se trata de un fenómeno que escapa hasta el momento a la teorización. Pero sabía por experiencia que los que se consagran a fenómenos de este género, y han aceptado por tanto el peligro de la disensión, resisten difícilmente a la soledad y devienen a menudo unos iluminados, persuadidos de poseer la clave, la respuesta que escapa a todos, y persuadidos igualmente de que su aislamiento es el resultado de un complot, de un rechazo activo de la verdad. Ella acepta sin embargo el encuentro y descubre que su interlocutor no se creía en posesión de una respuesta. Desde hacía décadas, él luchaba para que un no saber, una perplejidad, sea reconocida.

¿Qué puede un hecho contra una teoría? La mayor parte de los que conocen un poco de epistemología responderán: nada. Nada en época normal al menos. Es necesario esperar al “genio”, aquel que pondrá el hecho rebelde en el centro de una nueva teoría, le concederá su inteligibilidad. Entonces podrá comenzar la controversia, el enfrentamiento entre teorías rivales. En este contexto, ¿el interés por la hipnosis no es prematuro? ¿No es necesario dar la razón a los que rechazan una puesta en cuestión que no aporta con ella la garantía de una nueva inteligibilidad? Pero por otra parte, ¿cómo comprender entonces que la cuestión de la hipnosis sea juzgada, por la mayor parte de los psicoanalistas, no como prematura, sino como inquietante, como la amenaza de una vuelta a un pasado oscurantista del cual precisamente el psicoanálisis nos ha liberado? ¿Por qué se asocia el interés por la hipnosis no tanto con una originalidad  como con una herejía, incluso con un interés irracional?

La cuestión de la hipnosis es por tanto una cuestión en una encrucijada. Por su contenido, concierne al psiquismo humano y a aquellos, terapeutas, filósofos, investigadores científicos, que tratan de comprenderlo. Pero puesto que esta cuestión es activamente reprimida por el psicoanálisis, ella pone igualmente en cuestión la concepción que nos hacemos del progreso científico[3].

Heridas narcisistas

Cada uno conoce el paralelismo establecido por Freud entre el psicoanálisis y las obras de Copérnico y de Darwin. En los tres casos, nos explica, el narcisismo humano ha sido herido. El hombre se creía en el centro del Universo, se creía rey de la creación, dueño de su vida psíquica. Él se reencuentra habitando un planeta insignificante, producto contingente de la evolución biológica, y descubre, con Freud, que las razones de sus experiencias más personales escapan a su consciencia. ¿Cómo no comprender entonces que los hombres resisten a la herida psicoanalítica como han resistido a Copérnico y a Darwin?

La analogía invocada por Freud es altamente significativa. Ella pone en escena el precio doloroso con el que se paga el progreso científico. En cada caso, los hombres deben cambiar unas ilusiones narcisistas por un saber racional. Lo que no dice Freud es también significativo: él no comenta en ninguna parte la diferencia entre la ciencia creada por los herederos de Copérnico, la mecánica celeste, pero también la física en general, y la creada por los herederos de Darwin.

El abandono de la astronomía tradicional quizás ha sido doloroso, pero el tipo de saber que ha nacido de este abandono ha concedido plausibilidad a la comparación entre el científico y el juez propuesta por Kant. El mundo que observan los astrónomos es un mundo regular, que permite una descripción matemática. El mundo de los fenómenos mecánicos, a propósito del cual Galileo enuncia las primeras leyes del movimiento, es un mundo que se puede simplificar, purificar, de manera que los hechos y las teorías mantienen una relación que permite juzgar, una relación experimental. Todos los hechos, entonces, no son válidos. La práctica experimental asociada al nombre de Galileo es selectiva, implica la separación entre lo que es definido, hipotéticamente, como inteligible por la teoría y el conjunto de los efectos parásitos que otras teorías, tal vez, vendrán a esclarecer. Ella crea los fenómenos que podrán, con un mínimo de ambigüedad, poner a prueba sus teorías. Nosotros diremos que los herederos de Copérnico son el conjunto de los que practican las ciencias experimentales, es decir, las ciencias que se fundan, en diferentes dominios, en el descubrimiento de la posibilidad de transformar los fenómenos en testimonios fiables de las teorías.

Por el contrario, la renuncia a una visión finalizada, harmoniosa, del mundo viviente, asociada al nombre de Darwin, no ha tenido por recompensa el descubrimiento de leyes generales, y la posibilidad de juzgar los fenómenos en nombre de estas leyes. Al contrario, cada vez que los biólogos han querido enunciar una verdad general en cuanto a la evolución biológica, dar por ejemplo una definición general de la noción de adaptación, se han alejado de la verdad del darwinismo. En este caso, ningún juicio puede permitir sobrepasar la diversidad de las situaciones, de las circunstancias. Durante mucho tiempo se ha creído que los mamíferos debían su desarrollo a una superioridad inteligible. Hoy en día sabemos que ellos se han “beneficiado” sin duda de una catástrofe ecológica determinada por un evento contingente. La teoría darwinista no progresa estableciendo unas relaciones generales de causalidad, sino complicando cada vez más las razones de la evolución. Ella impone al biólogo la exploración de un laberinto de causas y efectos, se traduce en la necesidad de una multiplicidad de relatos, reconstituyendo, de manera hipotética, la manera en que un conjunto variable de causas se han articulado para producir un fragmento de evolución.

El mundo descubierto por Darwin es un mundo en el que la razón no puede comportarse como jueza, en el que el investigador [chercheur] se debe convertir en explorador [enqueteur], incapaz de determinar a priori lo que es significativo y lo que puede ser desatendido.

La analogía establecida por Freud es por tanto peligrosa. Ella disimula la diversidad intrínseca de nuestros saberes racionales. En la medida en que ella deja en la sombra la diferencia entre las prácticas de los herederos de Copérnico y las de los de Darwin, pone un obstáculo a la cuestión: ¿a qué tipo de práctica racional debe corresponder la “tercera herida narcisista”? Y, más precisamente, da a entender que la razón humana posee el derecho a esperar, a cambio de una herida narcisista, el acceso a un mundo que ella podrá juzgar. Como vamos a ver, esa era la convicción de Freud. El abandono por Freud de la práctica de la hipnosis y la creación del protocolo psicoanalítico corresponden a la voluntad de purificar, de simplificar, de controlar, es decir, de transformar al psicoanalista en heredero de Copérnico y al psiquismo humano en testimonio fiable de una lectura teórica.

La creación del psicoanálisis

La historia del psicoanálisis comienza con la estancia que Freud hizo en París, entre 1885 y 1886, en el servicio de Charcot[4]. El que había partido para París era un neuro-fisiólogo, convencido de que toda psicología es el síntoma de una lesión fisiológica. El que vuelve a Viena sabe que, gracias a la hipnosis, Cahrcot podía “hacer y deshacer” ciertas formas clásicas de patología, principalmente de parálisis. En la medida en que una causa puramente psíquica como la hipnosis podía provocar una parálisis tal, y después suprimirla, no era a la fisiología sino a la “psicología” que uno debía dirigirse para comprender tales trastornos. En un artículo aparecido en 1893[5], Freud expone su hipótesis: las parálisis “histéricas” ignoran la anatomía; lo que se paraliza no es la pierna en el sentido anatómico sino en el sentido en que la define la lengua corriente; la causa de la parálisis debe ser por tanto un evento vivido, el cual implica la concepción que el histérico tiene de su pierna. La hipnosis, entonces, es a la vez un instrumento de prueba de la hipótesis y de curación. Ella permite reencontrar el recuerdo del evento traumático, liberar la “carga afectiva” que permanecía asociada a él, y por tanto suprimir el síntoma.

En esta época, la hipnosis es para Freud un instrumento providencial. Ella le da al terapeuta el poder de actuar, de remontar a la causa del síntoma. Permite esperar que se pueda conferir a la terapia la simplicidad de una técnica de laboratorio. Pero Freud no ha conservado durante mucho tiempo esta concepción optimista. Él se ha dado cuenta bastante rápido de los límites del poder del hipnotizador. Todos los pacientes no son hipnotizables e, incluso mientras lo son, aparentemente son capaces de resistir: a veces los síntomas no desaparecen más que de manera transitoria, o reaparecen bajo otra forma, como si la verdadera causa consiguiera escapar al recuerdo. Por otra parte, Freud ha llegado a dudar de la veracidad de los recuerdos de los pacientes. En 1897, él va a abandonar la teoría de la seducción y a adoptar la idea de que los recuerdos de sus pacientes ponen en causa un traumatismo sexual precoz provocado por otro, a menudo por un adulto, que no designa un evento real sino un fantasma. Por tanto, la hipnosis o las otras técnicas que derivan de ella puestas en juego por Freud lo han inducido, concluye entonces, al error. La hipnosis no da acceso a la verdad; ella proporciona a la ficción, al fantasma, el acento de la verdad. Ella es engañosa.

La hipnosis no sólo es engañosa. Es peligrosa. Ella puede suscitar un lazo de tipo amoroso entre el hipnotizador y su paciente. Este hecho era bien conocido por los antiguos hipnotizadores, pero había sido desatendido por Charcot y todos aquellos que, a fines del siglo XIX, habían tratado hacer de la hipnosis un fenómeno científico respetable. Freud comprende esta dimensión del fenómeno hipnótico cuando una paciente, al despertarse, le “pasa los brazos alrededor del culo”, provocándole una gran confusión[6].

Por tanto, la hipnosis ha decepcionado a Freud. Ella no es capaz de transformar al paciente en testimonio fiable de la razón de sus síntomas. Lo constituye en falso testimonio, el cual hace pasar una ficción por una verdad. Peor aún, ella subvierte los roles, transforma al que busca la verdad en actor, parte interesada de la ficción patológica. Pues Freud no pudo creer que los tiernos sentimientos de su paciente se dirigieran a él. Se debía de tratar de sentimientos dirigidos a una “tercera figura” y transferidos al psicoanalista. La hipnosis no es un instrumento de verdad. Permite al paciente escapar de la empresa de la verdad, resistir. Y no le proporciona al terapeuta los medios para comprender y dominar estas resistencias que hacen obstáculo a su acción.

La creación del protocolo analítico coincide con la definición de Freud de los medios que deberían permitirle vencer las resistencias del paciente, es decir, constituirlo en testimonio fiable de las razones de sus síntomas. El psicoanálisis no es una ruptura en relación a la hipnosis; busca lograr aquello que la hipnosis se ha revelado incapaz de hacer. Por lo de pronto, el golpe de genio de Freud ha sido transformar el obstáculo en motor de la cura, es decir, inventar un laboratorio de tipo nuevo en el que se crea una “enfermedad artificial” centrada en la persona del psicoanalista, la neurosis de transferencia[7]. El paciente resiste al hacer jugar a su terapeuta un rol fantasmal, al transferirle una relación que repite el pasado, al mezclar de manera incontrolable la realidad y el fantasma. Puede ser así, pero al hacerlo el inconsciente del paciente se desvela. El psicoanalista sabe que él no está implicado realmente en la relación de transferencia. La dimensión fantasmal es por tanto purificada, deviene descifrable. Y, por tanto, la tarea del psicoanalista será entonces hacer tomar consciencia al paciente de aquello a lo que resiste y de lo que significa la manera en la que resiste.

El protocolo analítico tiene por tanto como primer sentido crear un espacio cerrado y controlable, en el que el sentido de los síntomas aparecerá de manera pura. El psicoanálisis “crea su objeto” como los químicos del siglo XIX. La neurosis real es incontrolable. El paciente puede mentir, mezclar fantasma y realidad, confundir los roles. La neurosis de transferencia permite al psicoanalista analizar la manera en que se producen la mentira, la mezcla y la confusión, y por tanto comprender los mecanismos inconscientes a los cuales obedecen las resistencias de su paciente.

La técnica psicoanalítica, como toda técnica experimental, define activamente su objeto. Esta definición pasa por el rechazo de la hipnosis, en la medida en que, en la relación hipnótica, el terapeuta se presenta como actor que reconoce su responsabilidad sobre lo que va a vivir el paciente. Por tanto, él no puede evitar que se establezca un lazo afectivo entre él y su paciente que traduzca este rol real. Es él quien provoca la relación, él sugiere, pregunta, anima, tranquiliza, él se presenta explícitamente en tanto que dotado de un poder, incluso si él mismo no comprende la razón de este poder. La relación psicoanalítica, en cuanto a ella, prohíbe al terapeuta toda actitud que le pondría en escena en persona, de manera que el conjunto de los deseos, proyectos y voluntades que el paciente atribuirá a su psicoanalista reenvían a sus propios fantasmas. En este sentido, puede parecer justificado que un psicoanalista diga: “yo no me tengo que preocupar de la hipnosis, ella no forma parte del objeto del psicoanálisis”. O más precisamente, este enunciado estaría justificado su Freud hubiera logrado hacer de los psicoanalistas unos herederos de Copérnico.

El fracaso del psicoanálisis

La creación de una marcha experimental no depende solamente de la voluntad de los hombres, sino también del mundo al que tienen que enfrentarse. Si los partidarios de Aristóteles hubieran tenido razón, si el movimiento del proyectil hubiera implicado, como ellos creían, una puesta en movimiento del aire y una retroacción del aire sobre el proyectil, Galileo estaría equivocado al creer poder hacer abstracción del aire. Y por otra parte los físicos del siglo XVIII descubrirán que, siguiendo únicamente las leyes galileanas del movimiento, el vuelo de los pájaros sería una imposibilidad física: los pájaros, contrariamente a las piedras, necesitan el aire. Asimismo, si el químico Berthollet hubiera tenido razón cuando él rechaza la noción de cuerpo puro con composición fija (y se sabe hoy en día que ciertos componentes, los “bertólidos”, no responden a las leyes de composición estequiométrica), la química del siglo XIX no habría conocido su desarrollado explosivo. Una vez más, de la misma manera los físicos y químicos del siglo XIX que han subrayado el carácter irracional de la creencia en la existencia de los átomos habían tenido razón. Únicamente cuando la física ha tenido acceso a la hipotética realidad discreta microscópica, el evento que ha hecho de los átomos una realidad física ha tenido lugar. Es este evento, inesperado y maravilloso, el que Jean Perrin celebra en su gran libro, Les atomes[8]. Por último, asimismo el descubrimiento de que las bacterias pueden, a diferencia de los seres vivos más complejos, ser tratados como objetos de laboratorio (y no solamente ser estudiados en laboratorio), es lo que ha posibilitado los progresos fulminantes de la genética y de la biología molecular en los últimos cuarenta años.

Si la definición de un objeto experimental, susceptible de ser aislado, purificado, y de devenir testimonio fiable que permite poner a prueba de manera rigurosa una teoría, permite a la razón comportarse como jueza, esto pertenece siempre al orden del evento, raro respecto al conjunto de los fenómenos que escapan a la experimentación. Es cuando este evento, siempre sorprendente, es descrito retrospectivamente como correspondiente a un derecho legítimo, como la consecuencia de un método o de una interrogación finalmente racionales, que ciertas ciencias se comprometen en unas prácticas que imitan a las ciencias experimentales, es decir, definen la medida y el control como unos valores en sí, sin preocuparse por la pertinencia de su acercamiento. En las ciencias verdaderamente experimentales, el método sucede al evento. En las ciencias que imitan a las ciencias experimentales, un método “objetivo” garantiza el carácter científico de la marcha y el poder del científico reenvía a una pura relación de fuerza: es él quien decide “racionalmente” cuáles son las buenas cuestiones.

Es igualmente el olvido del evento lo que compromete a las teorías del conocimiento con la vía del idealismo, pues este olvido permite a la razón humana concebir la relación del conocimiento con el mundo como una relación de dominio que se desarrolla progresivamente a lo largo del tiempo, pero adquirida por derecho: el mundo está “hecho para” ser juzgado por los hombres.

El inconsciente, en el sentido de Freud, garantiza conceptualmente que él pueda fundar sin lugar a dudas el derecho del psicoanálisis. En efecto, es concebido en términos de conflicto, de rechazo de una verdad insoportable, de resistencia contra todo lo que podría conducir a la toma de conciencia de esta verdad. En esta perspectiva, el protocolo analítico concede, gracias a la transferencia, un poder al analista, el de luchar contra las resistencias que obstaculizan al poder propio de la verdad. La cura coincide por tanto con el triunfo de la verdad, a la cual la concepción del inconsciente le garantiza que por sí solo posee un poder verdaderamente curativo. Desde el punto de vista freudiano, el conjunto de las antiguas técnicas terapéuticas reposaba sobre la transferencia, sobre la influencia del terapeuta, pero únicamente el psicoanálisis ha puesto la transferencia al servicio de la verdad.

Cuando ha inventado el psicoanálisis, Freud ha creado las condiciones de producción posible del evento que él deseaba, la transformación de su paciente en testimonio fiable de las razones de su sufrimiento, la puesta de la enfermedad al servicio de la verdad, la convergencia entre la ambición de comprender y la de curar. En eso, su obra es realmente genial. Sin embargo, el éxito de de su empresa no dependía de él, sino del psiquismo humano al cual se enfrenta el psicoanálisis. Para que la relación psicoanalítica se muestre efectivamente diferente, y no sólo conceptualmente, de las relaciones terapéuticas tradicionales, y principalmente de la relación hipnótica, era necesario que la cura psicoanalítica se distinguiera por su eficacia. Sólo entonces la pertinencia de la manera en la cual el psicoanálisis aborda el problema del inconsciente podría ser establecida.

En 1937, en su célebre artículo “El análisis con fin, el análisis sin fin”[9], Freud ha reconocido que las curaciones producidas por la cura psicoanalítica no son ni predecibles, ni fiables, ni completas. De hecho, cuando se compara su descripción de las dificultades a la cuales se enfrenta la cura psicoanalítica con las debilidades que él había reprochado a las técnicas que ha abandonado, la diferencia no aparece. Sobre estas últimas, él había subrayado que no permiten afrontar las resistencias, pero en 1937 reconoce que el poder que la transferencia confiere al psicoanalista no es suficiente para vencer las resistencias. Por tanto, la diferencia es ante todo de orden conceptual; el Freud de 1937 posee los medios para describir extensamente por qué el psicoanálisis es una “labor imposible”, para justificar teóricamente el fracaso de la cura, mientras que cincuenta años antes él únicamente podía constatar su impotencia.

El fracaso práctico del psicoanálisis abre por tanto el espacio de una elección. Bajo nuestra perspectiva, diremos que el evento del cual depende la creación de una ciencia de tipo experimental no se ha producido. En esta perspectiva, el psicoanálisis permanece ciertamente como una práctica terapéutica singular, pero no ha conquistado, no más que las otras formas de terapia, el privilegio de juzgar y de definir su objeto. Sus teorías no mantienen con la realidad una relación que permita poner a prueba su pertinencia. El psicoanálisis no produce, no más que las otras técnicas psicoterapéuticas, unos testimonios fiables en el sentido experimental. Lo cual se confirma por otra parte con la proliferación de teorías psicoanalíticas divergentes tras la muerte de Freud. Esta no ha sido evidentemente la perspectiva adoptada por los herederos de Freud. Para ellos, el hecho de que el psicoanálisis defina su objeto y de que el protocolo psicoanalítico entretenga relaciones inteligibles con este objeto constituye un progreso en sí mismo respecto al cual toda puesta en cuestión sería una “regresión” de la racionalidad. Dicho en otros términos, los psicoanalistas rechazan la herida narcisista que la realidad ha impuesto a sus ambiciones. Vale más mantener una práctica que concede al que la practica la impresión de que comprende lo que hace que admitir un retorno a la perplejidad.

Esta actitud es profesionalmente racional. Los pacientes que se dirigen a un psicoanalista poseen la convicción de que esta práctica es privilegiada, que ella sola les proporcionará acceso a las verdaderas razones de sus síntomas. Por otra parte, una de las singularidades más asombrosas de la cura psicoanalítica es el poder mantener a un paciente en análisis, a menudo, durante mucho más de diez años. De hecho, incluso si su sufrimiento no es atenuado, la cura y la transferencia sobre el psicoanalista tienen el poder de crear en el paciente la pasión de resolver su propio enigma. Si los psicoanalistas renunciaran al concepto de un inconsciente en conflicto con la verdad, el cual resiste a la solución del enigma que se halla en el centro del sufrimiento del individuo, asimismo ellos perderían sin duda el poder de prolongar indefinidamente la duración de las curas.

Esa es la razón, pensamos nosotros, por la que la cuestión de la hipnosis es rechazada de manera tan violente por los psicoanalistas, y por la cual aquéllos que, como François Roustang en Francia, han osado plantear el problema de la relación entre las relaciones psicoanalítica e hipnótica han sido acusados de “serrar la rama sobre la cual están sentados”[10], es decir, de poner en peligro su propia profesión. Roustang señalaba que la neutralidad del analista, la cual se considera que garantiza que éste, contrariamente al hipnotizador, no toma parte en la relación afectiva que se establece entre el terapeuta y su paciente, es un falso pretexto. La influencia sugestiva del psicoanalista es tanto más temible cuanto que es silenciada. La relación puesta en juego, escribía él, es una relación de “sugestión a largo plazo”, en la cual el analizado puede llegar hasta a una identificación devastadora con su analista, devenir su doble. ¿Cómo asombrarse entonces de que, a pesar de la proliferación de teorías rivales, un paciente nunca conduzca al psicoanalista a cuestionar su modo de interpretación, y de que, por el contrario, tantos análisis desembocan en la elección, por parte del paciente, de devenir él mismo psicoanalista? Roustang concluía, a partir de las reacciones de sus colegas, que “¿sería necesario entonces que un psicoanalista sea estúpido o ciego?”. En efecto, es necesario atenerse a los conceptos y rechazar ver los hechos para continuar creyendo que psicoanálisis e hipnosis se oponen como la búsqueda de una verdad liberadora y una sugestión dominadora. Si la relación psicoanalítica inventada por Freud se distingue de la relación hipnótica es más bien por el aumento de poder que confiere al terapeuta, justamente en la medida en que él pretende no estar para nada en la relación afectiva que se crea con su paciente.

Ya Sandor Ferenczi, durante mucho tiempo el intérprete más autorizado del pensamiento de Freud, había llegado a comprender que no hay nada neutro, de hecho, en la actitud del psicoanalista, y que sus pacientes sentían, sin poder a menudo reconocérselo, el aburrimiento, el desprecio, la agresividad que favorece en el analista el sentimiento de su propio poder. Ferenczi vino a concluir que la noción de transferencia tiene como primera función proteger al psicoanalista, permitirle ignorar sus propios sentimientos ocultos. Él reconoció por tanto que la relación que se establece con el paciente no es solamente una relación de transferencia, en la cual el paciente repite su pasado, sino también y sobre todo una relación afectiva real que cuestiona al terapeuta. Igualmente, él osa solicitar a sus colegas que reconozcan que la técnica de la asociación libre creada por Freud es una técnica hipnógena y afirma públicamente que no dudaba, por su parte, en aceptar, e incluso en suscitar, unos estados de “trance” en sus pacientes[11].

La contestación de Ferenczi tiene por primera razón el fracaso práctico del psicoanálisis, el cual él tuvo el coraje de reconocer mucho antes de “El análisis con fin, el análisis sin fin” de Freud. Y, contrariamente a Freud, a quien acusa de “nihilismo terapéutico”, Ferenczi rechaza considerar como legítimo el transformar a los pacientes en “contribuyentes a la vida”. Él abandona el protocolo analítico por una práctica altamente afectiva, abandonando toda “pretensión hipócrita” a la neutralidad, animando a sus pacientes a criticarlo, a denunciar sus insuficiencias y sus insensibilidades, buscando aportarles una comprensión y una afección reales, compartir su sufrimiento, lo cual es lo único, pensaba él, capaz de curarles[12]. Correlativamente, Ferenczi pone en cuestión el inconsciente freudiano: igual que los pacientes tienen razón en quejarse de su analista, Freud estaba equivocado al considerar que los traumatismos, seducciones, malos tratos de los que ellos se quejaban no son más que unos recuerdos fantasmales. La tarea del psicoanalista es entonces no tanto descubrir la verdad conflictual que disimulan estas quejas como conducir al paciente a devenir capaz de comprender y de “perdonar” a aquél que ha causado el trauma, así como a su analista.

La crítica de Ferenczi en contra del psicoanálisis no ha sido aceptada. Ha sido considerada por Freud y sus discípulos, pero también por la mayor parte de los historiadores del psicoanálisis, como la expresión delirante de su resentimiento inconsciente hacia Freud, de su culpabilidad… En pocas palabras, desde el momento en que él ha cuestionado el protocolo psicoanalítico, Ferenczi ha sido analizado como un caso patológico. Es una gran fuerza de los psicoanalistas, una fuerza de la cual tienden a abusar, la de condenar las críticas en tanto que síntomas.

Es cierto que la radicalidad de la elección de Ferenczi, el heroísmo con el cual se ha sometido al análisis de sus insuficiencias por parte de sus pacientes, son extremos y nos reenvían a una personalidad singular. Pero el problema que él ha puesto de relieve está hoy en día, más que nunca, en el centro del psicoanálisis.

La empatía

Tras la muerte de Freud, el psicoanálisis ha conocido una modificación esencial. Freud había limitado el tratamiento analítico únicamente a los neuróticos, cuyos síntomas reenvían según la teoría a los conflictos edípicos y los cuales son capaces de una relación de transferencia (el paciente transfiere al psicoanalista el rol que él atribuye fantasmalmente a uno u otro actor de ese conflicto). Él había excluido a los “casos límite” (borderlines) y a los psicóticos, cuyo problema reenviaba según él al estado pre-edípico. Esta exclusión no ha sido mantenida. Y los psicoanalistas que han aceptado tratar a los esquizofrénicos y a los borderline han comprendido muy rápido que era imposible conservar en tales casos la actitud de neutralidad analítica; un neurótico es susceptible, como había observado Ferenczi, de no reconocer que siente esta neutralidad como una crueldad y una insensibilidad por parte de su analista. Un esquizofrénico, en cuanto a él, será más susceptible de “sacudir” que de comprometerse en una relación de transferencia. En consecuencia, los psicoanalistas han introducido, y muchos de ellos, sobre todo en los Estados Unidos, la han extendido al tratamiento de las neurosis, la empatía.

La empatía tiene muchas definiciones, pero la esencial es que el analista está a partir de ahora afectivamente presente: el paciente debe sentir que su analista se pone en su lugar, comprende sus reacciones, simpatiza con él. A esta nueva concepción del tratamiento[13] corresponde la idea, defendida principalmente por Heinz Kohut, de que la causa esencial de los problemas no es el conflicto, sino más bien la carencia afectiva que ha sufrido el niño en el curso de su desarrollo. Entonces, se trata menos de elucidar, de interpretar, que de reparar, alimentar, retomar el proceso de desarrollo en el momento en que ha sido defectuoso. Como Ferenczi, los practicantes de un psicoanálisis empático piensan por tanto que la cura psicoanalítica no es la escena de un triunfo de la verdad contra las resistencias, y que el psicoanalista debe implicarse afectivamente, aceptar jugar efectivamente el papel de la madre en el proceso curativo.

Los psicoanalistas que practican la empatía están convencidos de haber permitido un progreso del psicoanálisis. Esto es sin duda verdad sobre el plano terapéutico. En cambio, la empatía abre el psicoanálisis a unas cuestiones que no puede dominar. En efecto, todo el edificio freudiano se encuentra amenazado. Si el fin que persigue un terapeuta es un fin de reparación, de restauración, de reanudación de un desarrollo patológicamente detenido, ¿cómo definir la diferencia entre el psicoanálisis y el conjunto de las otras prácticas terapéuticas? ¿Cómo no admitir el parentesco entre la empatía y la hipnosis, la cual también parece tener un efecto restaurador, permitiendo la integración de experiencias disociadas?

Ferenczi había visto en efecto que el camino que él tomaba hacía del análisis freudiano de las asociaciones y de las resistencias un “inmenso rodeo” que conducía finalmente a esta buena y vieja “gentileza” hacia el paciente, y a la catarsis que se creía desde hace mucho enterrada[14]. Él sabía igualmente que los rodeos, en lo que concierne al saber, no son nunca inútiles desde el momento en que aquellos que están comprometidos son capaces de admitir que la perplejidad y la apertura que han ganado poseen más valor que el mantenimiento de ambiciones a las cuales la realidad ha desposeído de la razón. Tal no es desafortunadamente la actitud de los psicoanalistas que practican la empatía. Para la mayor parte, ellos tratan al contrario de limitar las consecuencias de la innovación práctico-conceptual que han introducido, de “corregir” o de “completar” a Freud. Ellos quieren sobre todo mantener la pretensión de que su práctica sea tan racional, tan inteligible, tan controlable, como la que se considera que posee el psicoanalista ortodoxo freudiano. En otros términos, quieren permanecer ciegos al hecho de que la empatía separa de manera oficial al psicoanalista tanto de los herederos de Copérnico como de los de Darwin. El psicoanalista ya no es un juez que separa la verdad de la ilusión. Él no es incluso un explorador que trata, por medio de sus índices y de sus conjeturas, de reconstituir un fragmento de historia. Él está personalmente comprometido, como el hipnotizador, en una historia cuya apuesta no es la producción de una verdad, sino la producción de nuevas experiencias afectivas para su paciente. El sentido de de la tercera herida narcisista, la cual define la herencia de Freud, sería por tanto el de tener que renunciar al poder de juzgar y a la pasión de descifrar, y el de reconocer que, cuando de lo que se trata es de lo que llamamos el “psiquismo” (y sin duda esto es verdad igualmente para los animales que son capaces de sufrir y de aprender), el conocimiento no puede ser abstraído del vínculo afectivo que se crea entre aquel que conoce y aquel que es conocido.

El desafío de la hipnosis

Hace casi cuarenta años, el 9 de mayo de 1960, se abría en Nueva York una reunión común de la Asociación psiquiátrica y de la Asociación psicoanalítica americanas a propósito de las utilizaciones terapéuticas de la hipnosis. En el curso de este coloquio, Lawrence Kubie definió la hipnosis como un “terreno de elección para las investigaciones psico-fisiológicas y psicoanalíticas”[15]. En la misma época, en 1959, dos psicoanalistas, Gill y Brenman, habías publicado un importante estudio: Hypnosis and Related States. Psychoanalytical Studies in Regression[16]. ¿Cómo explicar que el desarrollo, previsible en esta época, de una aplicación de la hipnosis de orientación psicoanalítica, no se haya producido?

        Una primera explicación es sociológica: es difícil, de manera general, proseguir una práctica minoritaria, y una práctica que evoca, además, una que está desvalorizada como la de los hipnotizadores de music-hall o de los exorcistas. Pero por otra parte, es necesario subrayar que la práctica de la hipnosis es difícil para el terapeuta: no solamente el que hipnotiza no puede pretender comprender lo que hace, y debe aceptar que el grado de hipnotizabilidad del paciente escapa a su dominio, sino que además él debe pasar por la buena voluntad de su paciente. Contrariamente a la relación psicoanalítica, la relación hipnótica no pretende estar fundada sobre un malentendido del cual el paciente es responsable. Como subrayan Gill y Brennan, el hipnotizador anuncia al contrario que “en razón de lo que hago, usted se encontrará capaz de hacer cosas que no podría hacer de otra manera, e incapaz de hacer otras que podría hacer de otra manera”. Él se encuentra por tanto en una posición de doble vulnerabilidad: frente al escepticismo de su paciente, pero también frente a su propia ansiedad. ¿Qué tendencias le empujan a utilizar una técnica que lo pone en la posición de “hacedor de milagros”, a liberar unas fuerzas que él no controla ni comprende? La posición del psicoanalista es infinitamente más confortable, en la medida en que su teoría le permite afirmar que la transferencia es el problema del paciente y le prescribe el aceptar sus protestas, reproches y sufrimientos como tantas resistencias que tienen por función cogerlo en la trampa. Incluso el psicoanalista “empático” está protegido por su teoría, la cual define y justifica su intervención. La hipnosis, en cuanto a ella, deja al terapeuta sin defensas frente a su perplejidad.

Es sorprendente que el estudio experimental de la hipnosis tampoco haya podido permitir definir el fenómeno hipnótico[17]. Los primeros experimentadores, siguiendo en ello a Bernheim, han asimilado hipnosis y sugestibilidad. Unas medidas estandarizas de sugestibilidad han sido puestas a punto para definir la profundidad de un estado de hipnosis (Weitzenhoffer y Hilgard), pero en seguida se ha mostrado que se podría poner en duda de manera totalmente legítima el hecho de que la medida de sugestibilidad testimonie de manera fiable del estado hipnótico. ¿Cómo distinguir un sujeto bajo verdadera hipnosis y un sujeto que simula ese estado, lo cual entra en el rol que le es prescrito por el protocolo experimental? Es difícil reducir la hipnosis a una simulación en los casos que escapan a los protocolos experimentales, cuando, por ejemplo, la hipnosis permite curar una amnesia, ¡o calmar los sufrimientos ocasionados por unas quemaduras de tercer grado! Pero la marcha experimental sistemática sobre los humanos impone, evidentemente, unas pruebas soportables y reproductibles, tales que la simulación siempre es posible.

La marcha experimental supone un fenómeno purificable, que el experimentador puede definir objetivamente. Los experimentadores tienen, por definición, un temor, el de confundir hecho y artefacto; el de producir, por sus operaciones, el fenómeno que estas operaciones deben permitir aislar y estudiar objetivamente. Tras años de controversias, podemos concluir que la hipnosis experimental no permite la distinción entre hecho y artefacto. Ningún protocolo ha permitido definir una diferencia operacional reproductible entre “hipnosis real” y simulación. Los protocolos que debían servir para purificar el fenómeno hipnótico, para medirlo y controlarlo, entran de manera incontrolable en la producción misma de ese fenómeno. El sujeto bajo hipnosis sabe que es el objeto de una experimentación y su comportamiento está guiado e informado por este saber. La hipnosis establece una relación mientras que la experimentación exige, para permitir un juicio, la separación.

La hipnosis es por tanto una herida narcisista tanto para los experimentadores como para los terapeutas. Cómo asombrarse de que ella siga considerada, todavía hoy, como un fenómeno “irracional”, es decir, que no pueda interesar más que a unos espíritus amantes del misterio y de lo irracional; en última instancia, un fenómeno que, al parecer, “sería mejor que no existiera”. Cuantas veces no hemos escuchado decir: “¿La hipnosis? Pero si fuera un fenómeno interesante, ¡eso se sabría!” a personas ingenuas y con buena voluntad, sinceramente asombradas, y las cuales ignoran que nuestros saberes no son neutros, y que el silencio pesa sobre los fenómenos que hieren el narcisismo de los investigadores.

Y por tanto, justamente porque es un fenómeno hiriente, la hipnosis constituye para todos aquellos que se interesan por el psiquismo humano un desafío fundamental. Ella nos plantea, de manera brutal, la cuestión: ¿hemos tomado bien la medida de lo que significa la idea de conocimiento cuando éste tiene por objeto unos seres con los que mantenemos una relación afectiva? ¿No somos prisioneros de los ideales de conocimiento que han guiado nuestra exploración de los fenómenos naturales? ¿No somos igualmente prisioneros de los ideales normativos que nos ha legado nuestra tradición filosófica, racional y moral en cuanto a lo que debería ser la relación de un ser humano con su entorno?

Numerosos son los signos de que nos negamos a abordar estos problemas de frente. Nosotros tomaremos dos ejemplos, el del efecto dicho “placebo” en medicina y el de la sugestión.

El efecto placebo es bien conocido. Cuando se pone a prueba la eficacia de un medicamento, se compara siempre esta eficacia con la de un producto desprovisto de todo efecto fisiológico pero administrado a los enfermos como si se tratara del medicamento. En efecto, se sabe que, estadísticamente, este “placebo” tendrá, él también, un efecto curativo. Los enfermos se curan sin razón aparente, porque han creído absorber un medicamento nuevo y potente. El efecto placebo es bien conocido, pero no interviene en el saber médico más que de manera negativa, como efecto parasito que no se debe confundir con el efecto “real” buscado. A cambio, en nuestros países al menos, pocas investigaciones son consagradas a la manera en que la medicina podría beneficiarse de esta posibilidad. Como si se tratara de una manera “mala”, “irracional”, de curar. Mientras que un esfuerzo gigantesco es consagrado al progreso técnico de la medicina, ningún esfuerzo es consentido para formar a los médicos en el “arte” de la relación, para hacer de ellos unos mejores curadores. Todo ocurre como si el tener en cuenta un fenómeno que nos impone la realidad pusiera en peligro los ideales racionales de la medicina, entrañara la amenaza de una confusión entre médico y charlatán. Racionalidad e irracionalidad están aquí inextricablemente asociadas. El médico se dice racional porque él limita su acción a los factores que el cree comprender y controlar, pero es irracional en la medida en que rechaza interesarse por lo que no comprende, e incluso se burla de ello, y no trata de integrarlo de manera empírica pero atenta en su práctica. Nuestros ancestros prehistóricos, quienes nos han legado los animales domésticos, la agricultura o la metalurgia, ¿se han comportado sin embargo de otra manera?

En cuanto a la sugestión, probablemente asociada de manera estrecha al efecto placebo, conserva también un sentido ante todo negativo. Freud decía sobre ella que es una “influencia sin fundamento lógico suficiente”[18], y había intentado explicar esta insuficiencia por un fenómeno de transferencia. Desde Freud, los psicoanalistas han intentado ante todo defenderse contra la acusación de actuar por sugestión, y han definido por tanto la sugestión de manera peyorativa. De la misma manera que curar por placebo no es una buena manera de curar, sugerir es una mala manera de transformar al otro. Igual que el placebo es objeto de burla como lo que permite a los charlatanes vivir, la sugestión es asociada a la mentira y a la violencia. Y sin embargo, la idea de una “influencia sin fundamento lógico” no es peyorativa más que en la medida en que creemos que la vida humana tiene por ideal seguir la lógica, que el hombre es un “animal lógico”. Que la sugestión no se pueda explicar por la lógica explica ciertamente que sea considerada con sospecha por todos los que quieren que el hombre pueda dar cuenta de cada una de sus acciones. ¿Pero de donde proviene la idea de que la lógica sea, en la experiencia humana, otra cosa que una norma que permite, en unas situaciones bien definidas, la discusión y la decisión? Comenzamos a comprender que el desarrollo del niño tiene por motor las relaciones afectivas que se establecen con aquellos que toman cuidado de él, que el sentido mismo que él tiene de su propia existencia personal tiene por condición compartir esta experiencia con los otros. Sabemos también que ninguna diferencia “lógica” define al buen maestro del maestro mediocre: el segundo aburre, da miedo, transmite unas reglas; el primero inspira el interés y la pasión por el saber. ¿No ha llegado el momento de que dejemos de criticar la sugestión para comprender que lo que llamamos sugestión designa de hecho, para lo mejor como evidentemente para lo peor, lo que concede a los humanos la posibilidad de pensar y de vivir juntos?

Cincuenta años después de Freud

A fin de hacer de los psicoanalistas los herederos de Copérnico, de conferirles en derecho el poder de juzgar, Freud había hecho del problema de la verdad, o más precisamente del rechazo de la verdad, la clave del inconsciente. Cincuenta años después de que Freud haya reconocido que el analista no tiene el poder de llevar al psiquismo humano a devenir el testimonio fiable de esta verdad, el desafío que se nos impone es el de renunciar a esta puesta en escena heroica sin por ello renunciar, sin devenir indiferentes a la cuestión de la verdad. El desafío es por tanto liberar a la cuestión de la verdad de la del poder.

¿A quién fueron inflingidas las heridas narcisistas simbolizadas por los nombres de Copérnico, Darwin y Freud? No tanto a la opinión común como a las pretensiones de la razón humana de poder juzgar el mundo. El cosmos geocéntrico era inteligible a priori, en términos de perfección circular. Las elipses de Kepler y después las fuerzas newtonianas han conferido a los matemáticos un nuevo rol: romper el círculo racional, imponer a la imaginación humana el escándalo de fuerzas actuando a distancia. Y es la noción misma de un derecho de la razón a someter el mundo a sus categorías lo que la evolución darwiniana ha cuestionado, al asociar la aparición del hombre a un hecho histórico que no respondía a ninguna necesidad secreta. La herida freudiana alcanza, ella también, a nuestras ambiciones de conocimiento, nos sitúa irreductiblemente en el seno de aquello que buscamos juzgar.

Esta herida nos sitúa en primer lugar y ante todo en la tradición occidental. La práctica de la hipnosis desciende en línea directa de las experiencias de posesión y de la práctica de los exorcistas. La sugestión se refería originalmente a las “sugestiones del demonio”. Hipnosis y sugestión reenvían por tanto a una amenaza, a una falta en el hombre que lo hace vulnerable a lo que puede destruir su identidad legítima. La tradición científica ha mantenido el sentido de este juicio, incluso si ella ha modificado los modos de justificación. La sugestión y la hipnosis designan siempre, para la razón occidental, su propia antítesis, la influencia sin fundamento lógico, la producción de una relación ilusoria con el mundo. Es inútil recordar que, en otras civilizaciones, no ocurre así. Los estados de trance, colectivo o individual, eran apertura y compartimiento, no ilusión.

La historia no vuelve atrás. Desde Puységur, a finales del siglo XVIII, hasta Milton Erickson, hoy en día, muchos pacientes han creído que, bajo hipnosis, el hombre tenía acceso a una verdad normalmente inaccesible, pero nosotros sabemos que no podemos seguir ese camino, reestablecer unos modos de pensamiento contra los cuales nuestra tradición se ha definido. No es invocando una razón o una verdad más altas sino reconociendo con perplejidad e interés que ignoramos, para retomar los términos de la Ética de Spinoza, de qué son capaces el cuerpo y el psiquismo humanos, es decir, asimismo también cuáles son sus poderes de ser afectados y de afectar, que seremos fieles a la herida freudiana.

La experiencia de la cura inventada por Freud estaba centrada en la exigencia de purificación, de lucha contra las resistencias que se oponen al acceso, a la toma de conciencia de la verdad. Cincuenta años después de Freud, debemos concebir la verdad de tal manera que la experiencia inventada por Freud no pueda ser dicha ni verdadera ni falsa, ni “la única auténticamente liberadora”, ni una vulgar producción de sugestión. Debemos concebirla en tanto que producción singular, en tanto que expresión de la manera en que los hombres pueden ser afectados por la cuestión de su verdad, como ellos pueden, en otras tradiciones o en otras condiciones, serlo por otras cuestiones, por otros imperativos, por otras pasiones. Debemos aceptar que la purificación, la cual es para los descendientes de Copérnico condición de la verdad, condición de un acceso unívoco a la realidad, es, en el dominio que nos impone la “tercera herida narcisista”, dominio en el que la relación no puede dejarse reducir a un objeto, producción de realidad.

La tradición racional que simbolizan las heridas narcisistas invocadas por Freud es una tradición de exigencia apasionada, lo cual traduce la pasión que dirige a Kepler, a Darwin, y a Freud mismo. Es una tradición de riesgo, de aprendizaje apasionado de las prácticas que nos permiten establecer una relación pertinente con la realidad. ¿Qué prácticas serán pertinentes para comprender una realidad que no podemos interrogar más que produciéndola, para comprender el conocimiento no en tanto que se enfrenta a la realidad, ya sea en el modo del juicio copernicano, o de la investigación darwiniana, sino en tanto que producción de realidad? Para esta cuestión, no puede existir una respuesta general que transforme en receta y en método lo que revela una transformación afectiva de la relación que entretenemos con nuestros saberes. Pero nosotros tenemos una convicción. Muchos pensadores han denunciado la asimetría de la aventura occidental, el contraste entre la inteligencia y la imaginación desarrollados por los hombres para comprender el mundo y la brutal necedad que preside sus relaciones. Es a esta asimetría a la que están confrontados, en el interior mismo de las instituciones en las se crean nuestros saberes, los herederos de la tercera herida narcisista cuando se les silencia bajo el pretexto de que no son “objetivos”. La tercera herida narcisista, simbolizada por los problemas de la hipnosis y de la sugestión, designa la cuestión de la manera en que los hombres viven juntos; ella impone a los investigadores la invención de nuevas maneras de trabajar juntos.


Referencias bibliográficas

[1] E. Kant, Critique de la raison pure, Paris, PUF, 1971, p. 17.

[2] T. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions, Chicago, The Chicago University Press, 1970.

[3] Este tema, sujeto del presente texto, es explorado de manera más completa en L. Chertok & I. Stengers, Le coeur et la raison. L’hypnose en question de Lavoisier à Lacan, Paris, Payot, 1989.

[4] Véase al respecto L. Chertok & R. De Saussure, Naissance du psychanalyste. De Mesmer à Freud, Paris, Payot, 1973.

[5] S. Freud, “Quelques considérations pour une étude comparative des paralysies motrices organiques et hystérique”, en Résultats, idées, problèmes, vol. I, Paris, PUF, 1984.

[6] Véase al respecto L. Chertok & R. De Saussure, op. cit.

[7] Véase al respecto L. Chertok & I. Stengers, op. cit. El principal texto de Freud sobre el tema es “Remémoration, répétition, perlaboration”, en La technique psychanalytique, Paris, PUF, 1953.

[8] J. Perrin, Les atomes, Paris, Librairie Félix Alcan, 1985.

[9] En Résultats, Idées, Problèmes, vol. II, Paris, PUF, 1985.

[10] F. Roustang, Psychoanalysis never lets go, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1983, p. VIII (prefacio a la traducción americana de …Elle ne le lâche plus, Paris, Minuit, 1980).

[11] S. Ferenczi, “Principe de relaxation et néo-catharsis”, en Psychanalyse 4, Oeuvre completes tome IV : 1927-1933, Paris, Payot, 1982.

[12] Véase S. Ferenczi, Journal Clinique, Paris, Payot, 1985.

[13] Véase, para una exposición más completa, L. Chertok & I. Stengers, op. cit.

[14] S. Ferenczi, “Principes de relaxation et néo-catharsis”, op. cit.

[15] L. Kubie, “Hypnotism. A Focus for Psychophysiological and Psychoanalytical Investigations”, en Arch. Gen. Psychia., vol. 4, 1961, pp. 40-54.

[16] New York, International Universities Press, 1959.

[17] Véase al respecto, L. Chertok & I. Stengers, op. cit.

[18] S. Freud, “Psychologie des foules et analyse du moi”, en Essais de Psychanalyse, (nueva edición), Paris, Petite Bibliothèque Payot, 1981, p. 150.

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