Mecanismos y Organismos

¿Qué es lo que nos gusta del pensamiento del siglo XX?, ¿ante qué problemas ha logrado ofrecer una respuesta interesante? Dos grandes logros se pueden resumir así: la sustitución del concepto de potencia por una suerte de concepto de ser-poder, y la ampliación del concepto de mecanismo mediante el concepto de organismo. El giro de pensamiento que nutre ambos es el mismo. Este giro no es una superación, no es un dejar-atrás. Estamos cansados del ansia de superación de la filosofía, estamos cansados de las fantasías sobre el fin de la filosofía y la superación de la metafísica: esto es lo que no nos gusta de la filosofía del siglo XX, su carácter de niño inmaduro que necesita negar a sus padres para afirmarse como hijo. Por las noches, nosotros no tenemos pesadillas con la metafísica como Heidegger, el metafísico con problemas de auto-conocimiento. La metafísica es aquello a lo que nos gusta dedicarnos. La tarea de la filosofía no es dar pasos hacia delante que dejen atrás el camino andado, no queremos dejar atrás a Aristóteles ni a Spinoza. Inútil vanidad la del que lo intente. Nuestra tarea, como dice Deleuze, es sólo una: crear conceptos. Descubrir nuevos problemas, y ofrecer nuevas soluciones a viejos problemas, esa es nuestra tarea. Navegar el caos subidos en nuestras lanchas-conceptos.

Siguiendo una exposición escolar del pensamiento de Aristóteles, resulta bastante fácil señalar sus debilidades a la luz del pensamiento actual. En esta exposición escolar, se habla de dos modalidades del ser: ser en potencia y ser en acto. La semilla es en potencia el árbol que más tarde será en acto. Así caracterizada, la potencia consiste en un no-ser-todavía. No es una capacidad actual de transformación, no es una fuerza. El giro de pensamiento al que aludíamos radica en una afirmación de la actualidad de la potencia por la cual se rechaza la dicotomía entre acto y potencia. El poder no es algo diferenciado del ser, de ahí que debamos hablar de un ser-poder. Nuestro ser consiste en un efectivo poder-afectar y poder-ser-afectado. Ésa es nuestra actualidad. Pero aquí se ha infiltrado una novedad. Ya no es posible hablar de una potencia del individuo. El individuo por sí solo no puede nada. Su poder es una propiedad de un sistema en el que el individuo es un componente. Para que haya poder, capacidad de transformación, el sistema ha de contener una diversidad, una disparidad, una diferencia. El ser-poder nombra la diversidad de un sistema, origen de su capacidad de transformación. Así visto, el ser no es sólo individuo. El individuo posee un “complemento de ser” en virtud del cual puede transformarse, devenir. Si el ser fuera sólo individuo, éste siempre sería sí mismo, unidad e identidad repetida hasta el fin de los días. Idea acorde con la concepción cíclica del tiempo y el creacionismo. Ésa no es la realidad, a menos que afirmemos la presencia en el individuo de una misteriosa fuente de novedad (la potencia) que se irá manifestando a lo largo del tiempo La realidad es una multitud de sistemas heterogéneos a diversas escalas que no cesan de transformarse.

La planta es un individuo, ciertamente. Pero su potencia no reside en su ser-individuo-planta. Su potencia reside en su imbricación en un sistema que no sólo contiene a la planta, sino también su relación, dentro del sistema, con otros elementos heterogéneos como la radicación solar y las sales minerales, relación que ha originado a la planta y que continúa presente en ella (por seguir con el ejemplo ya expuesto). Cambiando de ejemplo, si extraemos un feto del vientre de su madre, no será más que ese feto, y su actividad se reducirá a pudrirse. La capacidad de ser-bebé es una propiedad del sistema feto-cuerpo de su madre-entorno de la madre, y no del feto por sí mismo. De ahí que, por mucho que le pese a Ana Botella y compañía, no existan los fetos-que-son-bebés-sin-estar-en-barrigas-de-madres.

Para complicar las cosas, y para mostrar que una crítica a -y no digamos una superación de- Aristóteles no es un asunto trivial, leamos una cita en la que Zubiri expone de manera genial los entresijos del pensamiento aristotélico (Zubiri 2006, Estructura dinámica de la realidad, Madrid, Alianza, pp. 46-47):

“Aristóteles emplea dos fórmulas para decirnos qué es el movimiento y el devenir: la una es un poco simple, pero afecta mucho a su pensamiento: y es decir que es energeia atelos, que el movimiento es un acto imperfecto. Donde imperfecto no quiere decir que tenga defectos, sino que es imperfecto, a-teles, que no ha llegado a su término, que no ha llegado todavía a ser lo que en español decimos una cosa “acabada”. Perfecta, en el sentido de terminada. El movimiento es un acto inacabado. Ahora le importa sobremanera a Aristóteles decir en qué está el carácter positivo de este acto inacabado, y en qué consiste su inacabamiento en tanto que tal. Y Aristóteles nos lo dice en una fórmula, de la cual se han reído muchos a lo largo de toda la historia de la Filosofía y que, sin embargo, es muy simple, y además es la única definición del movimiento que se ha dado con rigor en toda la historia de la Filosofía, y eso hay que decirlo. El movimiento es una potencia no pura, sino cuando está actuando como tal potencia, sin haber terminado de producir todo su efecto. Entonces es cuando la sustancia es móvil (…) Dicho en castellano: el movimiento no consiste ni en poder ni en ser, sino en estar pudiendo.

“En castellano”. En ese idioma Zubiri pone en boca de Aristóteles la mejor definición de ser-poder que podríamos encontrar: estar-pudiendo. Pero el concepto de energeia atelos tampoco tiene desperdicio, y en él la dicotomía potencia-acto salta por los aires. Pues Aristoteles nombra, por un lado, la potencia con la palabra dynamis, y, por otro, acto es nombrado con dos nombres diferentes: energeia (estar-en-trabajo) y entelecheia (“mantenerse continuamente en la completud de ser lo que se es y esforzarse por llegar a ser lo que es”, véase: Aristóteles 2005, Física, UNAM, Introducción, pp. LXI-LXIII). Energeia atelos es un acto-energeia que no es acto-telos, es un acto pudiendo algo, un acto inacabado. Y nosotros queremos decir: ser es poder-ser, ser es estar pudiendo algo.

Nos trasladamos ahora a la física moderna. La noción de energía potencial es definida como la capacidad de trabajo que posee un sistema. Nombra, por tanto, su capacidad de transformación. Su nombre hace saltar, de una manera más palpable y más radical que en energia atelos, la dicotomía potencia-acto, pues en un mismo término se utiliza la palabra para acto (energeia) caracterizándola como potencial (dynamis). La energía potencial no es lo que el sistema todavía no es, sino la capacidad actual que posee el sistema para transformarse.

La energía potencial es además genuinamente atelos, pues establece un límite a la transformación pero no determina las formas entre las que se transita (la energía potencial de un barril de crudo, de una tonelada de plancton, de un agricultor…). La orientación de las transformaciones no depende del sistema que posee la energía, sino también de su entorno y sus interrelaciones. Tal como señalaba L. de Broglie (véase Continu et discontinu en physique moderne, Paris, Albin Michel, 1941), la noción de energía potencial impide hablar en términos de individualidad de los componentes de un sistema, pues es el resultado de la comunicación entre ellos. Ella nombra siempre una disparidad: así, dados dos gases a diferente temperatura, la puesta en comunicación entre ellos presenta un potencial térmico. El sistema conformado por los dos gases se transformará hasta que el equilibrio térmico se alcance. Una vez que la disparidad de temperaturas desaparece, ya no tenemos energía en forma potencial.

Less is more? More is different

Buscamos ahora captar la novedad que introduce el concepto de organismo respecto al concepto de mecanismo. Una buena manera de exponer las amplias e importantes consecuencias que ha tenido el concepto de mecanismo para el pensamiento occidental moderno consiste en partir de las bases de la física newtoniana. A la base de esta física está la noción de punto material. Todo sistema es reducido a un mecanismo físico compuesto por puntos materiales. Cada punto material posee una posición (coordenada) y un momento (cantidad de movimiento: producto de la masa y la velocidad). El conocimiento del sistema será completo si conocemos la posición y el momento de todos los puntos materiales que lo componen. Nos interesan aquí dos graves consecuencias:

1) Reduccionismo (fisicalista). Toda realidad es explicable en última instancia en términos de un sistema físico compuesto por puntos materiales con una masa, una posición y un momento determinados. Una piedra, una planta, un cerebro, whatever, debe poder ser reducido a y explicado por la interacción entre componentes materiales. Lo real es la materia, nos dicen, reduciendo el significado del término materia al que le hayan de proporcionar las teorías físicas “fundamentales”.La incapacidad de esta doctrina para dar cuenta del pensamiento y la vida en términos materiales (incapacidad presente hasta nuestros días) la obliga a completarse con un dualismo psico-físico de origen cartesiano: hay dos sustancias en el mundo, una sustancia material definida por la extensión y una sustancia pensante definida, debemos suponer, por la inextensión (dicho en términos populares: el saber no ocupa lugar).

Ahora bien, no hay que confundir reduccionismo con reducción. La reducción es un método de investigación muy exitoso cuyo valor está fuera de toda duda. El investigador se enfrenta a un todo complejo formado por una multitud de objetos y modos de comportamiento dispares: los astros divinos en le mundo supralunar y los seres corruptibles en el mundo sublunar. El mundo es un caprichoso juego de fuerzas heterogéneas, un caos de encuentros entre entidades dispares. Da con la manera de homogeneizarlos: todos se mueven o reposan, y tanto el movimiento como el reposo pueden ser representados en una estructura geométrica. Lo único que hace falta es describir los movimientos reales de acuerdo con los factores que son geométricamente significativos: las diferencias espaciales y temporales, esto es, tomar medidas cuantitativas. Se indaga en los entresijos de las razones entre las diferencias, que sólo muestran sus regularidades en complejas combinaciones y se descubre que los movimientos no son producto de fuerzas heterogéneas y caprichosas sino que obedecen al mismo tipo de fuerzas. Una monumental abstracción se ha operado con éxito.

Es cierto que su poder explicativo se limita a los movimientos mecánicos, pero al menos en ese terreno la reducción ha tenido éxito. Quedan infinidad de movimientos por explicar que no se ajustan a las mismas razones, pero el concepto de fuerza se generaliza en el de energía y la zona de la naturaleza reducida con éxito se amplía sin descanso. El materialismo, que varía de significado según el lugar, la época y el círculo social o intelectual, doctrina atea y herética por excelencia, tiene razones que esgrimir, y ya no digamos el reduccionismo dentro de las ciencias naturales.

No se trata de dar una lección de historia; el punto es que no se puede proponer una ontología general, y menos aún una metafísica, que obvie la reducción. El resultado sería una perspectiva no sólo parcial, lo cual dada nuestra finitud es inevitable, sino también unilateral. Los conceptos propuestos deben abarcar tanto las reducciones como las emergencias, los elementos y mecanismos como los organismos. Siendo siempre posible que los sistemas reducibles sean casos límite de organismo.

Asimismo, no se debe confundir la utilización del mecanismo como modelo con el mecanicismo, pues no se puede negar la indudable potencia de dicho modelo. Las piezas, los engranajes, las articulaciones milimétricas de tiempos, ritmos, espacios, esfuerzos etc., juegan un papel esencial e innegable en la naturaleza que no puede ser sustituido. La capacidad de ver y oír, aunque sea una emergencia, depende del mecanismo del ojo y el oído, y su finísimo ajuste a algunas regularidades de la naturaleza. El concepto de ser-poder debe abarcar el ser-entidad y el concepto de organismo el de mecanismo. De otro modo no estaremos construyendo una metafísica, sino una ontología regional

2) Simetría temporal y determinismo: si conocemos con certeza la posición y el momento de todos los puntos materiales de un sistema físico, conoceremos automáticamente todo su pasado y todo su futuro. Lo que se defiende aquí es que el presente determina de manera absoluta lo que ocurrirá en el futuro (y, de la misma manera, el presente ha sido determinado por un presente anterior, es decir, por el pasado) y, además, no se aprecia ninguna distinción entre presente, pasado y futuro, pues el tiempo no introduce ninguna novedad. Para ser precisos, la única diferencia consiste en que ocurren antes o después en una línea determinada desde el origen. Sólo se pueden diferenciar por su posición en la línea, pues no hay ninguna cualidad que los diferencie. Se afirma por tanto una simetría temporal en la cual causa y efecto son equivalentes. Como decía Einstein, fiel creyente en el determinismo, el tiempo es una ilusión. Vivimos en un universo ya decidido en el que nada nuevo puede ocurrir. La única razón por la cual no podemos predecir el futuro se debe a nuestra ignorancia. El asunto del devenir ya ha sido cerrado en el origen de los tiempos por esos negociantes llamados puntos materiales. A nosotros, ignorantes humanos, se nos escapan algunos puntos del acuerdo. Pero todo se andará. Llegados a este punto lo difícil es explicar la ignorancia, pues actuamos en base a un conocimiento deficiente de la causa y la ley causal. Y lo más paradójico es que a mayor ignorancia, menor libertad, pues el que actúa engañado no actúa libremente.

¿Y qué podemos oponer a esta máquina infernal, fría y desencantada? El mecanicismo determinista, ideal que se ha hecho dominante en la ciencia desde finales del siglo XVIII, se ha topado, ya desde el siglo XIX, con el descubrimiento de nuevas realidades (evolución, indeterminismo cuántico, irreversibilidad termodinámica…) y nuevas doctrinas (Bergson, Whitehead…) que muestran o defienden el carácter creativo del devenir. Estos descubrimientos nos muestran que la ciencia no está cerca, como se creía, de consumar un ideal de conocimiento definitivo; muy al contrario, la ciencia no ha hecho más que comenzar su camino, tal como nos dicen Ilya Prigogine e Isabelle Stengers. Un largo, interesantísimo e inacabable camino, podemos decir.

En el centro de estas nuevas concepciones se halla la revalorización del concepto de organismo, el cual permite dar cuenta de los diferentes niveles de la realidad (físico, biológico, psíquico, social, técnico) y de sus interacciones de una manera radicalmente diferente al ordenado edificio que nos ofrece el mecanicismo. Un organismo es un lugar (que puede ser físico o no) en el que diversos elementos están relacionados y organizados: un átomo, una piedra, una planta, una ciudad, una sociedad. Victor Lowe expresa así la concepción whitehediana de organismo: “Por “organismo”, Whitehead se refiere en general a un proceso temporalmente limitado que organiza una variedad de elementos dados en un nuevo hecho”. Para ejemplificar qué es lo que nos ofrece el concepto de organismo, partiremos de un problema, la explicación de los seres vivos a partir de la materia, por medio del cual trataremos de mostrar el contraste con una explicación mecanicista.

Desde una perspectiva mecanicista, la vida sólo puede ser explicada apelando a unos componentes físico-químicos que la constituyen y éstos, a su vez, a la interacción entre elementos físicos. El camino ideal que sigue el reduccionismo fisicalista para explicar la vida es, por tanto, el siguiente: ser vivo-células-macromoléculas orgánicas-átomos-partículas subatómicas. El problema de la hipótesis reduccionista, como nos dice con ironía Philip Anderson, reside en que no nos proporciona junto a ella una hipótesis construccionista que nos permita reconstruir el universo a partir de los componentes (a él le hemos robado el título de su famoso artículo: P. W. Anderson, “More is different”, Science, vol. 177, nº 4047, 1972, pp. 393-396; se puede leer el artículo aquí). ¿Y cuál es el problema? ¿Acaso el universo no está compuesto de átomos? Pues el problema es el siguiente: ¿es posible explicar las propiedades de lo vivo a partir de las propiedades de las macromoléculas orgánicas, y éstas a su vez a partir de las propiedades de los átomos, y estos a su vez a partir de las propiedades de las partículas subatómicas?

Lo que caracteriza a una concepción orgánica se puede resumir en un no a esta última pregunta. Las relaciones entre componentes generan sistemas -organizaciones, organismos- que presentan propiedades nuevas respecto a las propiedades de sus componentes. Aparecen así diversos niveles de organicidad en lo real que no pueden ser explicados de una manera integral apelando a sus componentes, los cuales pertenecen a otro nivel. “Salado” es una propiedad del cloruro sódico que no poseen ni el cloro ni el sodio; “vida” es una propiedad de, al menos, una célula que no poseen ni las proteínas ni los aminoácidos; “ciudad” es el nombre para un organismo cuyas propiedades no están presentes en los coches, las calles o los seres humanos; “universo”, en fin, no es “un conjunto de átomos”: mejor dicho, sí lo es, pero además es mucho más que eso. More is different.

Trazando un paralelismo con lo que dijimos del mecanicismo, podemos extraer dos graves consecuencias de las concepciones orgánicas:

1) Frente al reduccionismo, emergencia. El devenir de lo real, la interacción entre los elementos de lo real, provoca la aparición de nuevos organismos cuyas propiedades no se reducen a la suma de las propiedades de sus componentes. Estas propiedades no reductibles a las propiedades de sus componentes son denominadas propiedades emergentes. El devenir de la materia desembocó en algún momento en la aparición de materia viva, la cual sigue siendo materia, y a la vez aporta algo nuevo respecto a ella; el devenir de la materia viva ha generado un festival de multiplicidades vivas, de peces, riñones, hígados, plumas, dinosaurios y culebras; el devenir de la materia viva animal humana ha dado nacimiento a ciudades, ropas, músicas, lenguas, arados y redes sociales. La emergencia sigue el camino del devenir, y trata de dar cuenta de las novedades que van surgiendo en él; el reduccionismo trata de descomponer los resultados del devenir en elementos a partir de los cuales el devenir ha generado esos resultados: es siempre una lucha contra el devenir, una alergia a sus inevitables novedades. Si los resultados no aportaran nada nuevo respecto a sus componentes, el reduccionismo podría tener un final feliz.

2) Frente al determinismo, creatividad. El concepto de devenir creativo es una respuesta a la tesis de que el tiempo no produce nada nuevo, es decir, a la idea de que conocer el estado actual de un sistema nos permite conocer automáticamente todo su pasado y futuro. No abordaremos aquí, aunque consideramos que es de un máximo interés, la cuestión epistemológica acerca de en qué puede consistir tal conocimiento y si es posible alcanzarlo de una manera completa; lo que tratamos de abordar con el concepto de creatividad es la cuestión ontológica acerca de la relación entre el futuro, el presente y el pasado. Esta cuestión ha de poder ser abordada al margen de la disputa entre determinismo e indeterminismo o de la pregunta sobre la predictibilidad; por eso no respondemos al determinismo con una apuesta por el indeterminismo, sino por la creatividad.

¿Qué es lo que queremos decir? Consideramos que el presente es, respecto al pasado, el lugar de aparición de genuinas novedades; rechazamos la afirmación de que en el pasado está contenido el presente; y creemos que esto es compatible con una visión tanto determinista como indeterminista del universo (de ahí que no estemos enfrentándonos al determinismo de manera general, sino en concreto a la versión mecanicista del determinismo). El concepto de emergencia, que está recuperando su importancia en la biología, y en general en las teorías de la complejidad, apoya nuestra postura: la interacción entre elementos de la realidad origina la aparición de organizaciones cuyas propiedades no son reductibles a las propiedades de sus componentes; esto es, aparecen propiedades nuevas que no eran reales hasta entonces. De ahí que incluso una visión absolutamente determinista del devenir no entre en contradicción, a menos que niegue la existencia de propiedades emergentes, con la idea de un devenir creativo del universo: podemos pensar en una interacción entre elementos cuyo comportamiento esté perfectamente determinado e incluso en que se de el caso de que podamos predecir dicho comportamiento; imaginemos que el resultado de esta interacción es la formación de una estructura organizada (organismo); este organismo puede presentar propiedades nuevas respecto a las propiedades de sus componentes. Es una posibilidad, no una necesidad; lo que afirmamos es que esta posibilidad se da efectivamente y continuamente en el proceso del devenir. Aún en el caso de que viviéramos en un universo laplaciano, y en el caso de que existiera el ser omnisciente que conoce el presente de manera completa, no podría aventurarse en qué consistirá el futuro, pues el conocimiento de las propiedades de los organismos presentes no permite conocer las propiedades emergentes que pueden presentar los organismos futuros. El futuro es irreductible al presente y es cualitativamente diferente de él; el futuro está abierto porque el devenir es creativo. La novedad no proviene de los componentes y tampoco proviene de la nada; es la articulación de los componentes en un organismo la que puede producir algo nuevo. La creatividad es la capacidad para ofrecer algo nuevo por medio de la composición de elementos ya presentes en un organismo cuyas propiedades no estaban presentes en dichos elementos. Los organismos son las melodías; sus componentes son las notas.

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2 respuestas a Mecanismos y Organismos

  1. Kike dijo:

    Estoy de acuerdo en todo menos en el ultimo punto, el del determinismo vs creatividad. No creo que tengan que ser incompatibles, de hecho, no lo son. Dicho de otra forma, el hecho de que no exista solucion general para el problema de indecibilidad de Hilbert no significa que no significa que todos los algoritmos en los que podemos pensar sean deterministas (todo esto suponiendo una teoria de la computacion al estilo Church-Turing-Deutsch para el tratamiento de informacion en el universo)

    Por cierto, me gusta el blog, lo pongo como blog amigo en el mio. Un saludo

  2. Filosofías del proceso dijo:

    Gracias por el meneo y por enlazar el blog en el tuyo. Es una de mis tares pendientes, incluir un blogroll. Y me alegro de que te guste!
    No entiendo muy bien desde donde lo interpretas, pero considero que el determinismo onotológico es incompatible con la idea de una creatividad del devenir. Me parece necesario distinguir entre un determinismo epistemológico, el cual puede no ser alcanzable a causa de nuestra ignorancia o de una sensibilidad extrema a las condiciones inciciales (caos determinista), y un determinismo ontológico, el cual afirma que en el presente está contenido o determinado unívocamente el futuro (y, por ende, el pasado). Como dice Isabelle Stengers, es la idea de una equivalencia total entre “causa entera” y “efecto pleno”.
    Así, se puede aceptar la imposibilidad de un determinismo epistemológico (predicitibilidad) aún manteniendo el determinismo ontológico. Por contra, creo necesaria alguna forma de indeterminismo ontológico (a través del concepto de emergencia, por ejemplo), para defender la idea de la creatividad del devenir, de su apertura a novedades.
    Saludos otra vez!!

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