Introducción

Las concepciones de la realidad presentes en buena parte de nuestra tradición, a excepción de algunos casos notables, han hecho de ella algo estático. De la misma manera que se ha señalado la presencia, en ciertas concepciones físicas, de un horror al vacío, podemos apreciar, tanto en la tradición filosófica como científica, el dominio de un enfoque metafísico que consideramos necesario superar y que se manifiesta en una profunda pulsión: el horror al tiempo, al cambio.

Bombeada desde esta perspectiva, ha sido elaborada una multitud palpitante de concepciones que priman los elementos estáticos de la realidad, sean las cosas o sustancias que permanecen, los atributos y leyes universales que forman el tejido del cosmos, o las identidades y definiciones como punto de partida y de llegada. A través de estas categorías estáticas, la índole cambiante o ‘deviniente’ de la realidad queda inevitablemente caracterizada de un modo u otro como un aspecto derivado de aquello que permanece. El profundo arraigo de esta máquina fundamental se revela con todo su poder en aquellos momentos en que el fondo permanente ha sido retirado: sólo queda un tenue e inconexo flujo, ciego, impotente y aterrador.

No pretendemos negar la pertinencia de este admirable conjunto de creaciones. Antes bien, lo que buscamos es mostrar sus limitaciones como vía de acercamiento a la realidad, y en esa búsqueda trataremos de avanzar en la superación de ciertas oposiciones insostenibles e insuperables que podemos resumir en la oposición entre el ser y el devenir. Iremos ofreciendo un conjunto de textos que consideramos únicamente como un medio para pensar aquello que creemos que necesita ser pensado. Nuestro objetivo no es predicar, sino permitir el avance del pensamiento. En ese camino, los resultados son imprevisibles, desconocidos, e incluso puede que indeseados.

Consideramos que, cuando menos desde el siglo XIX, los presupuestos metafísicos sustancialistas que han dominado nuestra tradición han entrado en una fase crítica, al revelarse insuficientes e improductivos para pensar algunos aspectos de la realidad que progresivamente han ido ganando relevancia. Podemos englobar estos aspectos, de orígenes heterogéneos y formas multifacéticas, en la fórmula “descubrimiento de la temporalidad”. Constatamos la emergencia de un nuevo horizonte de pensamiento, reflejado en las ciencias, el arte y la filosofía, que clama la construcción de una nueva metafísica de la naturaleza, en la cual el devenir, lo cambiante, lo pasajero, lo eventual, es afirmado como el ser. La intención es resistir a cualquier escamoteo de los problemas del tiempo.

¿De qué manera podemos explicar entonces la innegable experiencia de que hay cosas que permanecen en medio del cambio? En esta nueva metafísica, destacamos tres aspectos de la realidad intrínsecamente conectados:

-El carácter dinámico: acostumbramos a pensar la realidad como un conjunto de individuos ya formados, definitivamente constituidos, y partiendo de ellos tratamos de explicarlos apelando a unas ciertas características que les proporcionan una identidad. Es decir, concebimos la realidad como un producto a explicar. Lo que defendemos aquí es que la realidad es a la vez un proceso y un producto. La realidad como proceso-producto permite entender aquello que permanece, los individuos, como sucesivos momentos estructuralmente estables que surgen, emergen, en el curso de procesos dinámicos que se dan en una realidad más rica que el propio individuo. La realidad no es sólo un resultado de los procesos, de los cambios, sino también, y principalmente, un agente de ellos. En virtud de su estructura auto-actualizante, la realidad está abierta a cambios, a novedades imprevisibles. Es por ello que todo conocimiento con pretensiones de universalidad y de perfecta determinabilidad está abocado a fracasar.

-El carácter relacional: uno de los principales problemas de la mencionada concepción de la realidad como un conjunto de individuos definitivamente constituidos que poseen una identidad inmutable es que los individuos son pensados como entidades aisladas que pueden entrar en relación, o no, con otras entidades. Esto es, se concibe la relación como algo externo al ser, lo cual provoca la aparición de numerosas oposiciones ontológicas y epistemológicas a primera vista insuperables: yo/mundo, sujeto/objeto, interior/exterior, individuo/colectividad etc. Si, por el contrario, pensamos que el ser es relación, si le concedemos un carácter constituyente, y no un carácter accidental, a la relación, dichas oposiciones desaparecen. Ya no tenemos una identidad interior opuesta a una realidad exterior, o un yo opuesto al mundo, o un individuo opuesto a la colectividad, puesto que la realidad del individuo, siempre cambiante, consiste en un tejido, una trama de relaciones entre elementos llamados interiores y elementos llamados exteriores, los cuales no están aislados, sino imbricados. Los individuos no establecen relaciones, no entran en relación, sino que son relación. La realidad se nos revela así como la concurrencia, como la puesta en relación de fuerzas cuyo resultado no agota, no detiene el proceso.

-El carácter temporal: cada proceso, cada ser, posee una temporalidad que le es propia. El tiempo no es un marco universal en el cual se dan los fenómenos, sino que los fenómenos son temporales. La ciencia contemporánea, a diferencia de la clásica, ha asumido el gran reto de comprender el carácter irreversible del tiempo, y asimismo la filosofía ha puesto de relieve el carácter finito del ser. Es por ello que la reflexión sobre el inexorable proceso de aumento de la entropía -título contemporáneo de la antigua corrupción, dimensión más radical del “dejar de ser”- y el aprovechamiento de las posibilidades que nos ofrece la comprensión de los procesos organizados -sean inertes, vivientes o artificiales- como una momentánea sustracción o ralentización de dicho proceso –es decir, la posibilidad de in-formación, de adquisición de orden, de estructura, en estados lejanos al equilibrio-, constituye una de las principales tareas del pensamiento que se enfrente a la temporalidad.

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2 respuestas a Introducción

  1. Qué gusto haber llegado aquí! hasta llegué a pensar que este sitio no existiría.
    Luego de la introducción quedo cuestionándome algunos temas… Entre ellos: ¿Qué relación hay entre los presupuestos metafísicos y los supuestos físicos? Ese “salto” entre la ciencia y la filosofía ¿habrá un dualismo “real” o será cuestión de grado? …de dónde observamos?

    Veo -intuyo- que este blog se trata precisamente de eso. Me quedo a intentar comprender “el tercer aspecto”…

  2. Filosofías del proceso dijo:

    Muy buenas,
    me alegro de que este sea un buen lugar para ti. En este blog escribimos dos personas y el tema que comentas es una cuestión sobre la que siempre volvemos.
    En un principio, veíamos interesante tratar de construir una metafísica que permita dar cuenta de los resultados ofrecidos por las ciencias, especialmente la física aunque no exclusivamente claro, pues estos avances trastocan las concepciones clásicas y obligan a la creación de nuevos conceptos.
    Sin embargo, consideramos que la creación conceptual desde la filosofía y los desarrollos científicos poseen su propia autonomía, y que no se puede aspirar a una correspondencia entre ambos. En cualquier caso, los puntos de contacto siempre están ahí: por un lado, toda disciplina científica asume unos presupuestos metafísicos u ontológicos no demostrables pero que pueden mostrarse fecundos; por otro lado, la filosofía ha de mostrarse atenta a los desarrollos ofrecidos por las ciencias.
    Particularmente, en este punto me considero bastante deleuziano y creo que la filosofía es una pura creación de conceptos que no ha de estar sometida a la búsqueda de la validación empírica.
    Saludos!

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